Carolina Ortega “No es el voto electrónico, es la política”

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Hace casi un año, tras la elecciones en Tucumán, escribí esta columna como arrepentida del voto electrónico. Hoy, en el proyecto de Reforma Política que impulsa el oficialismo, lo incluyen. Acá el por qué no aceptarlo:

No es el voto electrónico, es la política

Las irregularidades durante los comicios en Tucumán abrieron la polémica entre dirigentes del oficialismo y de la oposición respecto a los plazos necesarios para cambiar el sistema de emisión y recuento de votos. Incluso, Mauricio Macri prometió que si llega a la presidencia implementará la boleta única electrónica. La urgencia del resto de los candidatos por salir a diferenciarse en plena campaña electoral,alimentó esta postura.

Que el foco en plena crisis se ponga en lo instrumental, no es casual.

Cuánto más simple es poner el acento sobre los procedimientos que sobre las causas por las cuales un ciudadano cambiaría su voto por un bolsón de comida, o el por qué fiscales de un partido decidirían perjudicar a su candidato en pos de otro, o las implicancias detrás del ausentismo de las autoridades de mesa, que en las últimas elecciones primarias de la Ciudad de Buenos Aires se elevó el 58% y generó una advertencia especial del Tribunal Superior de Justicia.

Simple, pero erróneo.

En los días previos a las elecciones legislativas de 1997, el triunfo de Hilda “Chiche” Duhalde por sobre Graciela Fernández Meijide se daba por descontado y se señalaba a las “responsables”: 17 mil mujeres del conurbano, las “manzaneras”, encargadas de repartir alimentos entre 600 mil vecinos en el marco del Plan Vida. Notas periodísticas y algunos discursos dejaban traslucir la sospecha: Chiche ganaría porque las manzaneras presionarían a los beneficiarios del plan para que la votasen.

La historia dio cuenta del resto: Graciela Fernández Meijide se impuso a Duhalde por un amplio margen. Las manzaneras y sus vecinos eligieron, más allá del conservador intento de marcar un paralelismo entre la asistencia social y los votos emitidos, del “2+2 es 4” con tufillo elitista, pero por sobre todas las cosas, equivocado.

Durante los comicios de 2007, muchos de los fiscales del Frente para la Victoria custodiaban celosamente los votos de Darío Díaz Pérez, candidato a intendente y “retador” del eterno caudillo Manolo Quindimil, y hacían lo propio con las boletas de la Coalición Cívica ARI. “Todos teníamos en claro que el objetivo era uno: vencer al viejo”, rememoran algunos de los protagonistas de esa jornada en la que Díaz Perez cortó con 24 años de hegemonía quindimilista y la fuerza que integraba Elisa Carrió se alzó con el segundo puesto a nivel nacional.

Este pequeño punteo de algunas de las anécdotas que hacen a la historia de nuestro proceso de democratización tiene por objetivo marcar que los procesos eleccionarios son dinámicos y no tiene una lectura de causa-consecuencia directa. Pretender entonces que las irregularidades en los comicios serán resueltas por el voto electrónico no solo es simplón, sino engañoso. La entronización de una herramienta como la “salvadora” del sistema puede tener consecuencias peligrosas y difíciles de revertir.

La Fundación Vía Libre ha dado cuenta de las debilidades técnicas del sistema de voto electrónico, al que el gobierno de Mauricio Macri insistió en llamar “boleta única electrónica” para evitar el paso por la Legislatura (donde debería ser aprobado por 2/3 de la misma) y poder implementarlo por un simple decreto.

Holanda dejó de usarlo en 2008, Alemania lo declaró inconstitucional en 2009 y en Brasil, el secreto de las urnas fue vulnerado por expertos en seguridad informática. Estos antecedentes que bien detalla la secretaria de Vía Libre, Beatriz Busaniche en esta columna para La Nación, despiertan muchas preguntas que debemos hacernos si estamos interesados en avanzar en el proceso democrático.

Así como rescindimos privacidad en pos de la comodidad aceptando, por ejemplo, que el localizador de nuestro teléfono celular nos indique el restaurante más cercano pero también registre nuestros movimientos minuto a minuto, ¿estamos dispuestos a entregar el control de nuestros votos a una empresa privada de la cual desconocemos quiénes son sus dueños, intereses y accionistas?; el engranaje deficitario de fiscales, autoridades de mesa y fuerzas de seguridad que intervienen en los días de elección, ¿es aún más deficitario a la hora de controlar que un puñado de supuestos “expertos” informáticos de los cuáles poco y nada sabemos?.

Para tomar un hecho ocurrido en Tucumán: las bolsas de residuos repletas de votos que intentaron ingresar en el escrutinio final ¿hubiesen sido localizadas en el caso de “bolsas virtuales”, mediante un hackeo del sistema?, ¿por quién?, ¿cómo nos hubiésemos enterado?

Las democracias se construyen en base a expectativas, sueños, derechos y obligaciones. Nuestra democracia se transforma al ritmo de la sociedad, de la cual es espejo y al mismo tiempo, modelo.

Que los valores “comodidad” y “velocidad” se impongan a “compromiso” y “voluntad” cuando hablamos de votar, tiene más que ver con la dificultad de los candidatos políticos de “enamorar” al electorado, los vaivenes a la hora de comunicar los distintos proyectos políticos, la incapacidad de construcción de acuerdos entre las distintas fuerzas, la pereza ante el trabajo territorial y la volatilidad de las lealtades, que con la herramienta con la que se decida llevar adelante las elecciones.

Los dirigentes deben enfrentar sus imposibilidades y no barrerlas debajo de la alfombra del voto electrónico, y entre todos debemos evitar que el árbol de la “solución” tecnológica nos tape el bosque de dificultades, desafíos y posibilidades que nos brinda el camino del proceso democrático. Porque la solución no es electrónica, es política.

Carolina Ortega 

(Columnista amiga de la casa, escribió el libro “Taxi”)

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