En bicicleta por el claustro: Un recuerdo de Jorge Modarelli y su amor por Santa Florentina

0
Hace ya varios años, cuando estaba por viajar a Sevilla a cursar el doctorado, recibí un encargo de un querido profesor, Jorge Modarelli. Estudioso como pocos de la historia de Campana, Jorge había recopilado mucha información sobre la patrona de nuestra ciudad, Santa Florentina, cuya semblanza adjunto a estas líneas, de su pluma. Sólo agrego que la elección del nombre de la Santa como patrona de nuestro pueblo es un homenaje que el mismo hizo a la madre de los fundadores, María Florentina Silvia Ituarte Pueyrredón de Costa, cuyas fiestas patronales se celebran también hoy, 6 de Julio.
Pero quiero detenerme en la anécdota de ese viaje en el tiempo del que fui protagonista.
Jorge me encomendó entregar un sobre con unas estampitas, un video y unas cartas a las monjitas del convento de las Florentinas de Ecija, un pueblito ubicado a mitad de camino entre Sevilla y Córdoba. Reservé un sábado libre para la excursión.
Llegar a Ecija es un viaje al barroco andaluz. Un entramado de callecitas enredadas sembrado de torres y campanarios. De allí el mote de “ciudad de las torres”, que pude constatar; aunque no pude hacer lo propio con el de “Sartén de Andalucía” o “Ciudad del Sol”, porque la conocí un frío día de Febrero.
Al llegar al Convento, una enorme -créanme, enorme en serio- puerta de madera maciza, cerrada y trabada, me hizo temer que no habría forma de lograr cumplir el encargo de mi amigo. Tras mucho golpear, la voz muy amable de una monjita (no era necesario ser muy perspicaz para inferirlo), me anunciaba que el Convento estaba cerrado. Le expliqué que venía de muy lejos (Lo que sería obvio por mi acento, pero en esas circunstancias, la lógica no suele acompañar al viajero, por más posgrado que curse), y que traía un recado desde la Argentina.
Infructuoso intento. Le expliqué que estaba residiendo en Sevilla y que no tendría posibilidad de volver a Ecija. Nada.
Entonces usé el último recurso: “Vengo de Campana, hermana. Me envía Jorge Modarelli”. La puertita de reja forjada hizo crujir su medieval ingeniería y detrás de la misma una carita sonriente apareció diciendo: “Ud. viene de parte de Jorge y Pelusa? Adelante!”
Pero el adelante no abrió ninguna puerta. Sólo escuché un ruido seco que me hizo pensar -afortunadamente con buen tino porque no dejaba de recordar que eso era un convento de clausura- que era yo el que debía abrir la puerta y entrar, cosa que hice.
Me encontré en una habitación fría como una heladera, con una enorme ventana con reja y una celosía de madera cegándola. Se abrió la mampara y detrás de la reja, como salidas de una película aparecieron cinco o seis monjitas sentadas en fila. Tan sonrientes como la primera. separados por la reja, iniciamos una conversación de lo más simpática. Que cómo estaba Jorge; que tal andaba Pelusa, y una charla por demás animada.
Las cosas que me habían acompañado desde Campana pasaron por el torno (Un mecanismo de madera giratorio que hacía posible el intercambio de objetos entre el exterior y el mundo clausurado).
Ya me sentía feliz. Había cumplido el encargo de mi querido profesor. Pero el resto sería una historia que jamás olvidaré.
Me invitaron un café con esas galletitas increíbles de las que Jorge me había hablado, y cuya receta él mismo se encargó de importar a Campana. Cuando la conversación se metió en la historia, la abadesa, sin rodeos, me invitó a pasar.
Detrás de la reja el mundo era otro: la capilla, el patio, las galerías. Un verdadero viaje en el tiempo. Por más clausura, las monjitas hasta podían reconstruir cómo eran las fastuosas procesiones de Semana Santa, por lo que escuchaban detrás de los muros de su encierro. Hasta podían relatar escenas de la vida cotidiana del barrio del convento.
La última imagen que cargué en mi memoria fue, mientras me acercaban una reliquia de Santa Florentina, custodiada con celo desde el medioevo por las monjitas, como la más joven de ellas, una novicia hindú, se subía a una bicicleta y empezaba a dar vueltas por el patio del convento…
“Campana, julio de 2002-07-01
Queridos amigos: en las vísperas de la fiesta campanense de Santa Florentina, queremos hacerles llegar nuestros saludos con una pequeña reseña histórica de su vida y obra, en la que podamos apreciar los valores que la distinguieron para poder imitar sus ejemplos de solidaridad, entrega y amor fraterno tan necesarios en estos momentos que nos toca vivir. Quiera el Señor, por intersección de nuestra insigne patrona, guiar nuestra vida por caminos de paz y misericordia. Con cordial afecto y aprecio PELUSA Y JORGE MODARELLI.
FLORENTINA, nació hacia el año 548 en Cartagena, la nueva Cartago española, hoy provincia de Murcia. Su padre Severiano, oficial del imperio romano y su madre Túrtula, posiblemente originaria del Norte de Africa.
Perseguida por su fé cristiana, la familia tuvo que emigrar a Astigi, hoy Ecija, una antigua ciudad romana cercana a Sevilla. Fallecidos sus padres tempranamente, FLORENTINA se hizo cargo del hogar. Su hermano mayor, LEANDRO, fué su  maestro en los estudios clásicos y sagrados que la destacaron en su época como mujer culta y piadosa. Le decía: “eres hija de la inocencia y del candor, tu precisamente que tuviste a la tórtola (Turtula) por madre, pero ama mucho más a la Iglesia, tórtola mística que todos los días te engendra para Cristo. Descanse tu ancianidad en su seno…”  El  mismo San Leandro, que era Obispo de Sevilla, cuando Florentina ya liberada de la obligación familiar, fundó el Monasterio de Santa María del Valle en Ecija, (ciudad en la que a la sazón era obispo FULGENCIO,  otro de sus Santos hermanos), le escribió LA INSTITUCION DE LAS VIRGENES,  que puede considerarse como las Reglas o normas de vida del Monasterio, donde Santa Florentina,  puso de manifiesto su espíritu de penitencia y su constante atención a las jóvenes que en gran número se añadían a las monjas del convento.
Este sentido maternal se manifestó con anterioridad en la formación del más pequeño e ilustre de sus hermanos ISIDORO, arzobispo de Sevilla, doctor de la Iglesia y organizador preclaro de la Iglesia Española.
Virgen y Abadesa de una de las primeras instituciones monacales ibéricas. Consejera y formadora de tres Santos Obispos de la Iglesia, cuidó y educó también a su hermana Teodosia, esposa de Leovigildo y madre de San Hermenegildo y de Recaredo, el primer rey cristiano de España-
Que sus hondos sentimientos familiares sean para nosotros ejemplo constante para nuestra acción.
Que su humildad en el cumplimiento de los  deberes nos impulse a imitarla
Que la santidad que buscó de continuo, sea el valor más apreciado, la perla valiosa que más anhelemos y Que ella sea, como le decía San Leandro, “prenda querida y baluarte de salvación delante de Cristo.
Jorge Modarelli”.
DR. Oscar Trujillo
catedral2

No hay comentarios

Dejar respuesta