Licenciado Hugo Boetti: “San Martín, una lección a los ricos de ayer para los ricos de hoy”

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Las crisis y los impuestos a las grandes fortunas (II)

A la luz de los furiosos ataques de las empresas de comunicación con el patético aporte de sus periodistas afines a la iniciativa del gobierno nacional de cobrar un impuesto extraordinario a las mas de 12 mil grandes fortunas de la Argentina (que poseen más de 3 millones de dólares) para paliar las graves consecuencias que está provocando la crisis del coronavirus, me pareció oportuno, en un artículo anterior, apelar a una referencia histórica con el objetivo de poner en blanco sobre negro una lección ejemplificadora que denominé “Una lección de los viejos ricos para los ricos de hoy”. En el mismo hacía referencia a cómo Carlos Pellegrini había abordado la crisis económica y cuál había sido la respuesta ejemplificadora de los poderosos de su tiempo.

La incorporación de la oposición a esta campaña para obstaculizar el tratamiento en el Congreso de dicho proyecto, contando en este caso con el solapado acompañamiento del Poder Judicial, desnudó cuál era el origen y la dimensión del arsenal puesto en juego en apoyo de esos intereses. Este nuevo escenario y más allá de saber que son otros los tiempos y otra la catadura de los hombres, me parece oportuno apelar a otro ejemplificador antecedente histórico para darle respuesta a esta nueva acometida de los Factores de Poder. Me refiero a cómo una figura histórica incuestionable como José de San Martín abordó una situación de crisis tan dura y particular como la que hoy atravesamos.

Cuando era gobernador de Cuyo y estaba preparando el Cruce de los Andes dedicó gran parte de su tiempo a la reorganización económica de la provincia de Mendoza. Fue en ese marco que tuvo que establecer lo que dio en llamar una “Contribución extraordinaria de guerra” para poder de este modo utilizar esos fondos en función de las necesidades del pueblo y de los planes de Liberación de América. Dicha contribución estaba dirigida a todos los comerciantes y hacendados de Cuyo. A cambio de esto, a modo de resguardo, se le extendía un vale para cobrarlo “cuando las circunstancias lo permitan”. Claramente fijó esa “contribución” como un impuesto a la riqueza, a razón de medio peso por cada mil declarado. Así la contribución recaía sobre los más ricos, lo que era toda una novedad en el sistema impositivo vigente desde la colonia. No eran impuestos para nada expropiadores, eran impuestos del uno o dos por ciento. Dicha contribución tenía carácter voluntaria, aunque al comprobar que algunos accedían, pero la gran mayoría no, decidió recurrir directamente a la coerción. También expropió las propiedades de los españoles prófugos y declaró de propiedad pública las propiedades de los españoles muertos sin testar. Su acción no solo estaba dirigida a los poderes civiles sino también al eclesiástico. Respecto a estos últimos, expropia los “diezmos”, mientras que a los esclavos que tenían trabajando para ellos les ofrece la libertad a cambio de incorporarse voluntariamente al ejército. Es a partir de esta medida que forma el Batallón 8 de Pardos y Morenos de heroico desempeño en la batalla de Chacabuco y en toda la Campaña Libertadora. Este batallón también fue integrado, en las mismas condiciones que las anteriores, por los esclavos que trabajaban en las haciendas. Esta incorporación fue fuertemente resistida por los propietarios porque consideraban que el precio, que en compensación les pagaba el ejército, o sea San Martin, era muy bajo.

Su gestión se caracterizó, además, por promulgar importantes leyes de carácter social y de desarrollo de la infraestructura, la producción y el trabajo. Entre las más destacadas se encuentra la primera ley protectora de los derechos del peón rural. La misma obligaba a los patrones a certificar el pago en tiempo y forma de su salario. Fomentó la salud y la educación para todos. También empleó a los desocupados en el blanqueo de las casas y el cuidado de la ciudad. Entre otra importante cantidad de medidas, prohibió los castigos corporales que se aplicaban a los niños en las escuelas; creó canales, desagües, caminos y postas; promovió la primera ley de protección a un producto nacional, el vino cuyano; estableció un laboratorio de salitre, una fábrica de pólvora y un taller de confección de paños para vestir a sus soldados; fundó de la mano de fray Luis Beltrán la metalurgia a nivel nacional, indispensable para fabricar las armas del ejército. La fragua y los talleres montados en Mendoza fueron, en su tiempo, el mayor establecimiento industrial con que contó el actual territorio entino: unos 700 operarios trabajaban en ellos.

Como no podía ser de otro modo, la implementación de esas políticas a San Martín le hizo ganar el afecto de los auténticos patriotas de todas las clases de Cuyo y la resistencia de no pocos poderosos criollos y españoles a los que no les gustaba para nada este “excesivo” intervencionismo estatal. Fue así que intentaron derrocarlo con el apoyo de Bueno Aires (cuando no), aunque sin lograrlo, gracias al apoyo de su ejército de la mayoría fervorosa del pueblo de Mendoza.

El 27 de julio de 1819, San Martin lanza su famosa “Orden General a los Compañeros del ejército de los Andes”. Este escueto documento pinta de cuerpo entero la suma y la síntesis del pensamiento del General. Él, que estaba en lo más alto, concentrando en sus manos todo el poder, que por cuna, condición social y formación intelectual, por nombrar solo algunas de sus condiciones, hubiera podido actuar y manifestar su lugar de otro modo, prefirió dirigirse a sus subordinados como “Compañeros”, con mayúscula, para que no quede ninguna duda de la dignidad en que los tenía. Pero lo realmente notable fue la consideración que hizo de los indios al llamarlos “nuestros paisanos”. Escrito y sostenido en el marco social y cultural de hace 191 años, con todo lo que ella implica, contrasta fuertemente con el racismo y discriminación a que vienen siendo sometidos hasta nuestros días. Que lo escrito no eran solo de forma lo demuestra cuando en setiembre de 1816, como paso necesario para iniciar el cruce de los Andes, se reúne con los jefes de los indios Pehuenches, “con el fin ostensible de pedirles permiso de atravesar su territorio con el objeto de atacar a los Españoles por el paso del Planchón, porque era unos extranjeros”. Desprendimiento de los Araucanos “ocupaban un amplio territorio junto a la cordillera y eran considerados de los más valientes que poblaban las Pampas”. El encuentro duró seis días, cumpliendo todo el ritual y pompa entre dos jefes de estado. “Los indios llevaban sus cuerpos y sus caballos pintados de la misma forma que cuando iban a la guerra… Los guerreros hicieron un simulacro de combate exhibiendo el manejo de sus caballos… Por parte del ejército patriota se realizó una salva de pistolas y un cañonazo cada cinco minutos en forma de celebración. La escolta del general San Martin, compuesta de una compañía de caballería y 200 milicianos, permaneció formada en orden de parada”. La negociación se realizó alrededor de “una mesa cubierta con el paño de un pulpito y bancos para los caciques y capitanes de guerra, que fueron las únicas personas que conferenciaron con el General por espacio de 4 horas… Los Pehuenches aceptaron sus proposiciones y en testimonio de su sinceridad abrazaron al general, llamándolo “Gran Gefe”. Para cerrar el acuerdo, “consagraron un día al cambio de presentes” (1).

Haber exhumado este pedazo de historia tiene la pretensión que ella extienda su luz sobre el presente. Ella nos dice que cuando la causa es justa y en ella está contenido el pueblo, estos siempre acompañarán el valor de sus jefes, como en aquel caso por su “Gran Jefe”.

 

(1)- Todos los entrecomillados fueron tomados de las “Memorias del General Miller”.

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